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Fábula de la liebre que nunca quiso ser hormiga

         «La gran diferencia entre la gente no está entre ricos y pobres o entre buenos y malos.

Sino entre los que supieron amar intensamente y los que jamás lo lograron porque no conocieron el amor.»

        Dulce pájaro de juventud (1962)   Novela:Tennessee Williams

Guión: Richard Brooks

                                                                            Cerró la puerta y con ello, dejó atrás muchas otras cosas, algo parecido a los malos recuerdos. Si tuviera que decir por qué se iba, si tuviera que ser absolutamente sincero hablaría de ella y de cómo le abandonó en el peor momento. Desde entonces Román se había convertido en alguien distinto, más desconfiado y suspicaz, asfixiado en su propia rutina.

  Las calles húmedas y encharcadas reflejaban el paso decidido de un joven madrugador, se diría que sabía hacia dónde iba aunque lo cierto es que no era así, su prisa solo era por alejarse. Un camionero lo recogió de camino a Glorias, después se detuvo el matrimonio Mérimée, dos afables ancianos en dirección a Montlieu. Esa noche dormiría en su saco acolchado bajo un firmamento tintineante de remotas estrellas; casi tan remotas como sus sueños. Recostado sobre una almohada de ropa y abrazado a las frases que dejó en un buzón antes de irse, una nota que decía:

  “Las nubes derramaban sus lágrimas sobre un terciopelo de arena. Todo lo que el cielo hizo durante ese día fue susurrar tu nombre y obligarme a mirar hacia arriba con la esperanza de encontrarte.

Supe dese el primer momento que sería así, en silencio. Que tu imagen se diluiría en el atardecer de los tiempos y que yo no podría olvidarte.

Las estrellas parecen pequeñas pero solo están lejos, mis recuerdos de ti se alejan de mi vida de lo que soy ahora en los despojos de tu ausencia inevitable.

Y a pesar de todo, a pesar de ello, volvería aquí, volvería a coger tu mano por última vez y mientras tanto solo puedo escuchar esta música que derrite mi angustia en trazos de tinta sobre el papel”.

 

En la fábrica solo era un número, operario 1470, sección 14-00, taquilla 12, una hormiga que si levantaba la vista de la cinta transportadora, recibiría una amonestación. Varias amonestaciones después, una charla en el despacho del director sobre virtudes y moralidad; un recurso justificado para evitar la holgazanería y las consecuencias, por supuesto, afectarían a su sueldo. Con el poco dinero que pudo reunir y dos mudas se alejó una lluviosa mañana de Barcelona. Al día siguiente volvió a mostrar su pulgar en dirección norte, tres semanas después había llegado a Escocia.

Edimburgo era una ciudad limpia y ordenada, sus habitantes apreciaban la música de su guitarra española y no le resultaba difícil reunir unas pocas libras para al menos una comida al día y un poco de merienda. Después trabajó de marinero limpiando ferrys hasta que finalmente sus pies le condujeron a los jardines de un castillo.

Cuando era niño su padre le había dicho, aludiendo a su constante inquietud, que tenía pies de liebre, antes de fallecer le hizo prometer que ocuparía su puesto, en la fábrica. Sin embargo, Román se sentía a menudo como un alfiler enclavado en un mapa; a pesar de que en cierto modo se lo debía, no deseaba continuar el resto de su vida siendo el kilómetro 80.

Su padre escogió este estilo de vida debido a su pasión por la lectura, el turno era rotativo, pero cuando trabajaba de noche podía acumular hasta cinco días seguidos de descanso; cinco días para devorar alguno de los miles de libros que pululaban por toda la casa. Libros apilados sobre estantes, mesas y bibliotecas improvisadas. El espacio adelgazaba en los pasillos por las estanterías que hizo instalar desde el suelo hasta el techo. Consiguió trasmitir ese mismo sentimiento a su hijo quien a su vez había escrito dos libros, uno era una novela histórica y el otro un recopilatorio de relatos breves, los pudo distribuir en varias docenas de editoriales, pero hasta el momento nadie mostraba suficiente interés por sus escritos.

Pensaba a menudo en una de las frases favoritas de su padre, una que pertenecía al guión de Dulce pájaro de juventud algo sobre lo que verdaderamente diferencia a las personas. Repitió ese mensaje en su mente una y otra vez hasta que se quedó dormido: …”los que supieron amar intensamente y los que jamás lo lograron porque no conocieron el amor”

                                           Los jardines de Fountain Court en el recinto de Culzean Castle precisaban un cuidado constante, pero no podía compararse con la anodina tarea de una fábrica. El señor Walter McLean era el séptimo descendiente del personal de servicio bajo la tutela de los condes de Cassillis desde el siglo XVI.

En los trabajos de mantenimiento participaban otros muchachos de intercambio cultural entre los que se encontraba María, ella había venido desde Roma como paisajista. Sus manos eran delicadas con las plantas y sus movimientos suaves y femeninos, para él cada uno de sus sugerentes gestos contenía un mensaje cautivador. Veintiséis días después eran algo más que amigos y él por fin descubría cual era su lugar en el mundo, por fin lo supo, quizá era un romántico, un clásico. Pero una noche de octubre en la que María no pudo acudir a su encuentro debido a una repentina gripe, recibiría la visita de James, el hijo del panadero, un joven robusto, y apasionado. Sus visitas eran frecuentes y ella quedó muy pronto embarazada.

 En la carretera M90 en dirección a Perth un camionero recogía a un joven con una mochila y una guitarra, después hizo lo mismo un vendedor de aspiradoras y luego un grupo de hippies en una Transporter decorada con margaritas.

 El operario 1470 volvía a levantar la vista de la cinta donde ahora se acumulaban docenas de tornillos que caían al suelo sin cesar. Ni siquiera se molestó en recogerlos, se quitó los guantes y el delantal sin permiso y se fue. El motivo fue un mensaje corto a su teléfono móvil, solo una frase que decía “estamos muy interesados en publicar uno de sus libros”. Mientras atravesaba la sección 14-00 ante la atónita mirada de un hormiguero de delantales azules Román recordó lo que siempre le había dicho su padre:

 —hijo, hay dos tipos de personas, los que amaron intensamente y los que nunca conocieron el amor.

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