Collages 03

 

Hay caminos que se deben recorrer, pero que sabes desde un principio que están repletos de obstáculos y dificultades. Escribir es uno de ellos.

En un país donde cada año se quedan más de setenta mil títulos sin ser publicados y solo un puñado de privilegiados se ganan la vida escribiendo libros; después de los inputs que recibimos sobre hábitos de lectura y el hastío cultural predominante, lo más sensato sería abandonar y hacerlo antes de crearse falsas expectativas, antes de que sea demasiado tarde y terminemos estrellándonos contra un muro de decepciones, que son muchas veces, como vacuos espejismos.

 Por lo tanto, ¿Por qué a pesar de toda esta realidad social continuamos escribiendo?

 Ana Frank anotó durante su cautiverio: “Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados”.

La libertad que nos transmiten los libros no podríamos encontrarla en ningún otro lugar “los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás” y pueden despertar en nosotros el sentimiento adormecido de la añorada creatividad. Sin duda leer puede hacernos tanto bien, que los escritores ponen mucho empeño en recrear atmósferas fantásticas o reales y sin embargo todas ellas necesarias, mediante personajes tan próximos y entrañables que pueden convivir con nosotros incluso mucho tiempo después de haber concluido la lectura.

Las encuestas que desean arrojar luz sobre nuestros hábitos y tendencias, nos conducen a la inequívoca conclusión de que muchos no son sinceros. La mayoría de los encuestados afirman que no pierden su tiempo viendo reality shows, pero el índice de audiencia de estos espacios televisivos es tan elevado que se continúan retrasmitiendo toda clase de programas denominados “basura” y que solo logran embotar los sentidos, menospreciar nuestra inteligencia y vulgarizar nuestra capacidad de expresión. El libro titulado “365 motivos para no ver televisión” desaconseja el simplemente navegar sin rumbo por canales sin una previa planificación de qué es lo que queremos ver y cuándo, o incluso de cuánto tiempo vamos a dedicar a ello.

El índice de ventas de libros en todos sus formatos ha descendido tan vertiginosamente que se ha propiciado el cierre de emblemáticas librerías y otras plataformas culturales. Establecimientos que anteriormente habían sobrevivido a las guerras, el hambre y los cambios políticos, no son hoy capaces de superar la voracidad de una crisis, que para algunos historiadores, es la peor que se recuerda en mucho tiempo.

A pesar de todo este resumen de nefastos titulares, los libros son necesarios, y los escritores también. Como dijo el autor británico W. Somerset Maugham: “Adquirir el hábito de la lectura y rodearnos de buenos libros es construirnos un refugio moral que nos protege de casi todas las miserias de la vida”.

¿Quién no necesita hoy esa protección? Quizá aun no nos hemos dado cuenta, pero necesitamos protegernos a diario contra la rutina, la tediosidad y mediocritud que nos arrastra a través de un túnel construido para nosotros y que nos conduce como ganado al lugar donde se extirpan las ilusiones. El refugio de los libros puede reforzar nuestra determinación a no dejarnos vencer por la apatía. He visto a esas personas que durante el trayecto al trabajo, leen en los transportes públicos, no solo llevan consigo un libro, sino que lo abrazan y apuran su lectura hasta el último segundo antes de que puedan bajar al andén. Esas personas saben de lo que estamos hablando, porque no leen simplemente porque les gusta, sino porque lo necesitan.

Hasta que el ser humano no logró diseñar un lenguaje escrito, con sus reglas gramaticales y ortografía, todo se registraba mediante signos cuneiformes marcados sobre arcilla, o mediante jeroglíficos, glifos o trazos sin la estructura que ahora conocemos como vehículo transmisor del conocimiento. El legado cultural de la literatura es asombrosamente enriquecedor y vital para nuestro crecimiento personal.

Es muy posible que, pensando en el oficio de escritor, nunca viva de las cosas que escribo, pero si con ello contribuyo a llenar el vacío que sienten algunas personas, a evadirse de las preocupaciones cotidianas, a reforzar la participación e interconectar con otros lectores, a promover el uso correcto del lenguaje, a crear el vínculo entre los relatos, los personajes y nuestra realidad; habrá valido la pena.

Hace unos años se publicó mi primera obra: “Mandarinas de papel”, una novela de aventuras y paisajes exóticos, y recientemente se ha publicado mi segunda novela “Nubes de azafrán” un thriller de acción, amor y reencuentros. Disfruté mucho creando los personajes y ambientes, e investigando sobre todo lo que se describía en las narraciones y muy significativamente, recibiendo los comentarios de aprecio de mis lectores a través de la web, correos y redes. He recibido mucho más de lo que podría haber ofrecido y hoy estoy convencido de que aunque en la vida podemos ser muchas cosas y que todas ellas obran simultáneamente, no voy a desistir de ser lector y de que todos mis recuerdos, emociones, miedos y alegrías fluyan de nuevo hasta el papel.

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