La hoja en blanco tiene el desafío de los comienzos, el reto de condensar toda una vida en unas pocas palabras. De intentarlo ahora y regresar después por el mismo camino que te condujo desde la infancia hasta este reducto de silencios, que es el gesto de escribir. De horadar el tiempo con la pluma, languideciendo sobre un cúmulo de folios repletos de frases inconexas y alma de relato.

LO MEJOR DE ESCRIBIR

Lo mejor de escribir es que sabes que en el fondo nunca vivirás de esto y que sin embargo tampoco podrías vivir sin ello. Las palabras fluyen como una leve brisa en el atardecer de los tiempos y me devuelven lo que fui para enfrentarme a lo que nunca seré. Camino hundiendo mis pies en la hierba de un prado de páginas blancas y letras que corretean a mi alrededor como una nube de libélulas reflejando la oculta luz de los silencios.
Para escribir necesito ser el niño que regresó vivo de una guerra de miedos y decepciones, necesito pensar en lo que sentí la primera vez y recordar tu nombre, el estremecimiento que me provocaba tu cercanía.
La tinta de mis sueños se derrama sobre un lienzo formado por trazos que dibujan cada uno de mis errores y me susurran que a pesar de ello aún no se ha terminado todo.
Escribir es como una muda voz que trasciende desde el confín de la tierra inhóspita de tu mirada y que el viento hace rodar hasta mis dedos ávidos de memoria.
Todo se detiene en la primera frase, en la primera promesa que se desliza hasta cerrar este libro. Hasta cerrar mis ojos abrazando tu recuerdo como un círculo infinito de palabras escarchadas bajo un cielo de estrellas fugaces, como una mano que besa por última vez sus últimos instantes. Escribir es lo que hago para conservar lo que me queda.

 

Escribir un libro no es tarea fácil: estructurar las ideas, crear los ambientes, investigar, entrevistar, anotar, dar cuerpo e identidad a los personajes. Corrección de estilo y ortografía. Cómo combinar la realidad con la ficción, o o que es peor, cómo se distingue una de la otra. Los personajes cobran vida y desayunan y duermen contigo. Se despiertan con tus mismas inquietudes porque lo comparten todo. Están presentes mientras caminas por un parque de niños que juegan mientras las palomas beben en las fuentes y las papeleras se llenan de envoltorios de helados y no es necesario que pienses en ellos, porque ellos lo hacen por ti. Vienen y van y te susurran palabras. Saben mucho de susurrar, son voces que no se oyen en otro lugar, en tu mente se deslizan libremente y te saludan, se sientan a esperar el siguiente paso, la siguiente frase.

No podría vivir sin mis personajes y ellos no habrían existido si yo no los hubiera creado. Han descubierto algo sobre mí, algo aletargado y adormecido en la cuna de mi infancia. Me dieron la mano de camino al colegio, me acompañaron a mi primera vez en la biblioteca, donde nadie podía hablar en voz alta y sin embargo todas las palabras flotaban como manchas de aceite en un océano imprentadle de nebulosos recuerdos y naufragios ante el teclado de mi primera máquina de escribir. De papeles arrugados en la papelera, de llaves de hierro frías e impacientes por llegar a la puerta de mis sueños.

Hay caminos que se deben recorrer, pero que sabes desde un principio que están repletos de obstáculos y dificultades. Escribir es uno de ellos.

 

NO SE PUBLICAN MUCHOS TÍTULOS

En un país donde cada año se quedan más de setenta mil títulos sin ser publicados y solo un puñado de privilegiados se ganan la vida escribiendo libros; después de los inputs que recibimos sobre hábitos de lectura y el hastío cultural predominante, lo más sensato sería abandonar y hacerlo antes de crearse falsas expectativas, antes de que sea demasiado tarde y terminemos estrellándonos contra un muro de decepciones, que son muchas veces, como vacuos espejismos.

 Por lo tanto, ¿Por qué a pesar de toda esta realidad social continuamos escribiendo?

Ana Frank anotó durante su cautiverio:

 

“Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados”.

La libertad que nos transmiten los libros no podríamos encontrarla en ningún otro lugar “los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás” y pueden despertar en nosotros el sentimiento adormecido de la añorada creatividad. Sin duda leer puede hacernos tanto bien, que los escritores ponen mucho empeño en recrear atmósferas fantásticas o reales y sin embargo todas ellas necesarias, mediante personajes tan próximos y entrañables que pueden convivir con nosotros incluso mucho tiempo después de haber concluido la lectura.

SOBRE HÁBITOS DE LECTURA

Las encuestas que desean arrojar luz sobre nuestros hábitos y tendencias, nos conducen a la inequívoca conclusión de que muchos no son sinceros. La mayoría de los encuestados afirman que no pierden su tiempo viendo reality shows, pero el índice de audiencia de estos espacios televisivos es tan elevado que se continúan retrasmitiendo toda clase de programas denominados “basura” y que solo logran embotar los sentidos, menospreciar nuestra inteligencia y vulgarizar nuestra capacidad de expresión. El libro titulado “365 motivos para no ver televisión” desaconseja el simplemente navegar sin rumbo por canales sin una previa planificación de qué es lo que queremos ver y cuándo, o incluso de cuánto tiempo vamos a dedicar a ello.

 

DESCIENDE LA VENTA DE LIBROS

El índice de ventas de libros en todos sus formatos ha descendido tan vertiginosamente que se ha propiciado el cierre de emblemáticas librerías y otras plataformas culturales. Establecimientos que anteriormente habían sobrevivido a las guerras, el hambre y los cambios políticos, no son hoy capaces de superar la voracidad de una crisis, que para algunos historiadores, es la peor que se recuerda en mucho tiempo.

A pesar de todo este resumen de nefastos titulares, los libros son necesarios, y los escritores también. Como dijo el autor británico W. Somerset Maugham:

“Adquirir el hábito de la lectura y rodearnos de buenos libros es construirnos un refugio moral que nos protege de casi todas las miserias de la vida”.

¿Quién no necesita hoy esa protección? Quizá aun no nos hemos dado cuenta, pero necesitamos protegernos a diario contra la rutina, la tediosidad y mediocritud que nos arrastra a través de un túnel construido para nosotros y que nos conduce como ganado al lugar donde se extirpan las ilusiones. El refugio de los libros puede reforzar nuestra determinación a no dejarnos vencer por la apatía. He visto a esas personas que durante el trayecto al trabajo, leen en los transportes públicos, no solo llevan consigo un libro, sino que lo abrazan y apuran su lectura hasta el último segundo antes de que puedan bajar al andén. Esas personas saben de lo que estamos hablando, porque no leen simplemente porque les gusta, sino porque lo necesitan.

Hasta que el ser humano no logró diseñar un lenguaje escrito, con sus reglas gramaticales y ortografía, todo se registraba mediante signos cuneiformes marcados sobre arcilla, o mediante jeroglíficos, glifos o trazos sin la estructura que ahora conocemos como vehículo transmisor del conocimiento. El legado cultural de la literatura es asombrosamente enriquecedor y vital para nuestro crecimiento personal.

Es muy posible que, pensando en el oficio de escritor, nunca viva de las cosas que escribo, pero si con ello contribuyo a llenar el vacío que sienten algunas personas, a evadirse de las preocupaciones cotidianas, a reforzar la participación e interconectar con otros lectores, a promover el uso correcto del lenguaje, a crear el vínculo entre los relatos, los personajes y nuestra realidad; habrá valido la pena.

Hace unos años se publicó mi primera obra: “Mandarinas de papel”, una novela de aventuras y paisajes exóticos, y recientemente se ha publicado mi segunda novela “Nubes de azafrán” un thriller de acción, amor y reencuentros. Disfruté mucho creando los personajes y ambientes, e investigando sobre todo lo que se describía en las narraciones y muy significativamente, recibiendo los comentarios de aprecio de mis lectores a través de la web, correos y redes. He recibido mucho más de lo que podría haber ofrecido y hoy estoy convencido de que aunque en la vida podemos ser muchas cosas y que todas ellas obran simultáneamente, no voy a desistir de ser lector y de que todos mis recuerdos, emociones, miedos y alegrías fluyan de nuevo hasta el papel.

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