¿Qué lugar ocupamos cuando no ocupamos ningún lugar?, o dicho de otro modo, cuando vamos por libre y no pertenecemos a ningún cliché, ya sea ideológico, creativo o simplemente social. Cuando nuestra música, arte o literatura no se puede encasillar en los estereotipos o géneros estandarizados y comúnmente aceptados como “políticamente correctos”.

Da mucho miedo descubrir algo que no se parece, por comparación, a nada de lo que conocemos y que habíamos aceptado, es como contactar con alienígenas o depredadores camuflados, seres del futuro que nos invaden sin explicación y entonces, por no saber, por ese ancestral y torpe sentido de la protección, lo rechazamos sin cuestionar absolutamente nada. Nuestra zona de confort puede llenarnos de prejuicios infundados, contraargumentos imposibles que tienen su único origen en nuestros propios miedos. Cuando esto ocurre y sin darnos cuenta, estamos perdiendo oportunidades únicas de conocer a verdaderos genios.

DUROS A CUATRO PESETAS
Santiago Rusiñol no lo sabía entonces, pero ya formaba parte de una larga lista de Outsiders que nos han obsequiado con sus genialidades a lo largo de la historia.
Cuenta la tradición oral que un buen día el dramaturgo y escritor Santiago Rusiñol quiso demostrar lo difícil que era aceptar la verdad y que para ello decidió vender duros a cuatro pesetas. Hay diferentes hipótesis del lugar donde lo hizo, pero lo cierto es que los duros eran auténticos, y que quien quisiera aprovechar la transacción podría, cada vez, embolsarse una peseta como beneficio.


Decía Winston Churchill que: “Una mentira puede recorrer la mitad del mundo antes de que la verdad tenga la oportunidad de ponerse los pantalones”
Y Rusiñol no consiguió vender ninguna moneda. Quizá a causa de nuestra naturaleza escéptica y desconfiada o por lo insólito de la propuesta, lo cierto es que su experimento dio mucho de que hablar, hasta el punto de que todavía se recuerda.


En otra ocasión Rusiñol se unió a una visita guiada a las ruinas de Ampurias. Entre los turistas se encontraban unas señoras que habían alcanzado una respetable edad, y que no dejaron durante todo el viaje de importunarle con su jovial conversación y constantes preguntas e insinuaciones. Y fue allí, junto a las ruinas, cuando una le dijo:

-” Usted, don Santiago, no nos hace caso. Y se comprende, ¡ante estas ruinas!”.
-“No lo crea, señora, comparadas con ustedes, esas ruinas no son nada”.

Su inesperada respuesta surtió efecto, y al parecer no volvieron a molestarle durante el resto de la visita.


El arte de Rusiñol, en ocasiones ecléctico y poco convencional; o como se diría ahora “multidisciplinar”, no encajaba siempre en los modelos aceptados por la época. Algunos lo describieron como un “realismo paradójico”, modernismo incipiente.
Pero como dijo Clint Eastwood en La Lista Negra: “Las opiniones son como los culos. Todos tenemos uno”.
La manera de entender el mundo era para Rusiñol algo diferente del resto de los mortales. Se dice una de sus principales obras de teatro: “L’auca del senyor Esteve” [1907] es un relato autobiográfico de sus esfuerzos de juventud por hacerse un lugar en el mundo del arte, dejando atrás las pretensiones familiares de proseguir el negocio paterno y de atarse como un reo a una mesa de despacho y a un matrimonio gris y somnoliento.


La influencia más prolífica que disfrutó el artista, provenía sin embargo de Francia. En 1887 se fue a París y se instaló en Montmartre con otros artistas catalanes, a partir de ese momento se disiparon todas las dudas. Rusiñol comenzaría a tejer la tela de sus sueños.
A pesar de ello, algunos hablaron desdeñosamente de sus cuadros, especialmente de los que pintó en exteriores sobre patios y jardines, le restaron valor a su estilo y dijeron de él que simplemente era un coleccionista de “hierros viejos”.


La personalidad de Rusiñol, en ocasiones excéntrica, tenía en cambio para muchos, cierto poder de atracción. En cierto modo y en una época muy temprana, encarnaba la figura del artista bohemio que hacía lo más le venía en gana, sin ataduras ni compromisos. El propio Rubén Dario le dedicó unas estrofas después de conocerle:

“Gloria al gran catalán que hizo a la luz sumisa. / Jardinero de ideas, jardinero de sol, / y al pincel y a la pluma, y a la barba y a la risa / con que nos hace alegre la vida Rusiñol”.

Sin embargo la alegría siempre formó parte de uno de los sentimientos más efímero del ser humano.

L’ALEGRÍA QUE PASSA
Escrita en Sitges por el propio Santiago Rusiñol y publicada en 1898, esta obra teatral pone de manifiesto que la vida es demasiado corta y en ocasiones triste, como para perder nuestro tiempo y energía intentando satisfacer los gustos y maneras de críticos intransigentes que nunca comprendieron ni comprenderán el legado artístico de Rusiñol y a su autor.
En la obra se contraponen dos mundos, el de la prosa, que simboliza la monotonía, la tristeza y el materialismo, contra la poesía como símbolo de la libertad, la alegría, la belleza y el progreso, todo ello encarnado por un grupo de gimnastas que llega a un pueblo plagado de viejas tradiciones.

De esta breve pincelada sobre la vida de unos de los personajes más emblemáticos de la vida de Sitges aprendemos dos cosas fundamentales:

1. No podemos esperar el apoyo de los demás si hemos dejado de creer en nosotros mismos. Y que da igual si nuestro estilo de entender la vida, el arte o la literatura no encajan con los modelos preestablecidos.
2. El tiempo siempre hace que la verdad destaque como una luz entre las tinieblas. Por eso no debemos rendirnos, porque a su momento, nuestra constancia y paciencia recibirá su recompensa.

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