UN MALO DE LOS BUENOS

Ahora que algunos colegios han retirado hasta 200 títulos de cuentos clásicos para niños por considerarlos sexistas, me pregunto qué sería de nosotros sin la figura de “los malos”. Si lo pensamos bien, para que una historia no fracase como ñoña y superficial “debe de haber” un malo. Pero no un malo cualquiera, sino uno de los buenos. Uno que no se conmueva con el sufrimiento de los demás, que planifique estrategias y tramas urdidas con la única y específica intención de causar el mayor daño posible, no importa que sea físico, psicológico o emocional. Una influencia tóxica e invisible que envenene todo lo que toca, que lo corrompa y termine pudriéndolo como un gusano en una cesta de manzanas.

El malo es muchas veces el personaje oscuro y tortuoso que da cohesión a una historia y que ayuda a entender o comprender los sentimientos de sus personajes. Si la luz es la ausencia de oscuridad, algunos considerarían que una no se entendería sin la otra, sin embargo la vida, la energía, el conocimiento, el arte e incluso la verdad están estrechamente vinculados a la luz.

La lista de los malos desde mi infancia hasta aquí es larga. Unos eran ficticios como la madrasta de Blancanieves y otros eran reales como el niño que nos tenía atemorizados si no le hacíamos los deberes.
Recuerdo una frase de nuestro médico de familia, el Dr. Roig, el decía que no había más malos que buenos, que lo que ocurre es que los malos hacen más ruido. Y quizá tenga razón y todo sea simplemente ruido.

Me pregunto qué pasaría si despertáramos un día rodeados de personas buenas, personas en las que podemos confiar, sin más mentiras. Sin sentir ninguna nostalgia por todo el daño que hicieron las guerras, los crímenes, el egoísmo. Sin policía, multas ni prisiones. Sin corrupción, deslealtad ni trampa ni cartón.

Lo había olvidado. Estas historias no venden…

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