Cuando éramos niños dábamos largos paseos, en la mayoría de los casos íbamos caminando y otros más afortunados en bicicleta. Las calles de El Prat no estaban tan pobladas como hoy y enseguida, el pueblo se nos hacía pequeño, por lo que nos aventuramos por caminos rurales y campos. Uno de nuestros trayectos preferidos era la Carretera de la Aviación, que bordeaba los límites del aeropuerto y que finalmente nos conducía hasta la misteriosa playa del faro.

Recuerdo una tarde en la que las ranas croaban en el canal y los estorninos se movían como una única nube de humo, que a mitad de camino y en medio de un huerto de maizales y alcachofas descubrimos un pilón de cemento con una cruz que señalaba una tumba. Todos nos preguntamos quién podría estar enterrado en aquel campo tan alejado del cementerio.

EL PILOTO DEL MESSERCHMITT

Capítulo I

Humedales del Remolar

Desde muy temprano, los campos habían estado cubiertos por una niebla blanquecina, el suelo escarchado crujía y se agrietaba iluminado por los primeros rayos de un sol que tímido y perezoso anhelaba el aliento de los humedales. El agua del Remolar, agitada por los ánades, describía amplios círculos entre la bruma. Un poco más adelante, bajo los cañizos y cortaderas, se hallaba el cenagoso cobijo de las ranas.

 A lo lejos un perro ladraba porque había oído el carro del portugués en dirección a La Volatería. Las ruedas se hundían sobre el fango en el paso de la albufera y el portugués azuzaba al animal para que redoblara su esfuerzo de arrastre. El animal resopló avivando la suspicacia del podenco, los perros no cesaba de ladrar en la lejanía. Una asustadiza bandada de Francolins remontó el vuelo hasta la pineda y sin otro sonido ni otra luz, el carro se detuvo a las puertas de la masía.

El sudor de la mula despedía un vaho antiguo de establo, de paja empapada en orines y cuero, unos minutos después el portugués proseguiría con su acostumbrada rutina; algo sencillo, recoger los pollos y los huevos que horas después vendería en el mercado de La Plaça de la Vila. Mantenía los mismos precios y pronto se deshacía de ellos: los pollos a 35 pesetas el kilo y los huevos a 16 pesetas la docena. Tardaría una media hora, ya no era un chaval, en atrapar a todas las aves y encerrarlas en las jaulas, pero antes disfrutaría de la hospitalidad de Lucia y sus nutritivos desayunos. Ella había nacido aquí, pero sus padres eran inmigrantes italianos. Antes de casarse había trabajado como secretaria y ahora impartía clases a los niños porque no podía recorrer diariamente la distancia que les separaba del colegio.

 El portugués tenía una ligera cojera en la pierna derecha, nunca explicó como se lo había hecho, ni gustaba de responder a preguntas sobre su pasado, pero la humedad de El Prat le corroía los huesos hasta anular su voluntad y siempre que le era posible evitaba caminar.

 Al cruzar el portón le esperaba Joan, un inagotable niño de doce años, el hijo menor de la dueña. Era un joven inquieto y ávido de aventuras que pudieran de algún modo quebrar el tedio de la vida en el campo; desde la muerte de su padre, el portugués era para el niño lo más parecido a su concepto de una figura paternal.

Sobre un fondo de paredes ocres, el herrumbroso reloj de sol proyectaba sus primeras sombras sobre el seis de la numeración romana, una línea oscura de tiempo, testigo preciso y fiel del transcurrir de los días. Era la misma sombra que se hallaba inscrita en el cerebro de todos los animales de la granja como una huella genética de un mundo anterior. El gallo entonaba otra vez su instintivo canto matinal cuando el portugués y el muchacho, entraron charlando animadamente en una amplia y humeante cocina. Lucia se había recogido el pelo y mirado al espejo justo antes de que llegaran. Con su delantal limpio y sus mejillas sonrosadas daba la impresión de que era una mujer dócil y vencida por la timidez, pero lo cierto es que la casa y el negocio seguían en pie, Lucia tuvo que tratar con una multitud de avaros oportunistas y criar a sus tres hijos, a solas. Su esposo bebía, le era infiel y además la maltrataba física y emocionalmente, nunca le denunció, si lo hacía, los niños sufrirían las consecuencias –era capaz de hacerlo, ella sabía que era capaz. Pero una mañana de un lunes de octubre, llamaron a su puerta para que acompañara a dos policías hasta el depósito y reconocer el cadáver de su marido. Se había caído borracho, por las escaleras de un burdel, un accidente absurdo y fortuito que acabó con su miserable existencia, pero que ahora, despejaba infinitas posibilidades en la insignificante existencia de Lucia. Todo ello le había forjado un temperamento resuelto e irreductible, una anticipada determinación le mantenía viva a ella y sus esperanzas, el convencimiento meditado y profundo de no rendirse jamás. Pero a pesar de ello, se sentía cansada, esperar y hacerlo durante tanto tiempo le tenía igual de agotaba que si hubiera atravesado descalza el más inhóspito y profundo de los desiertos. Los días nos erosionan redondeando las aristas de la incertidumbre.

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Fragmento del libro: “Frases que hacen Nidos”

Ediciones DêDALO. Barcelona. ISBN: 978-84-944102-1-5

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