El agua del lago en el parque Lazienki vibraba por una repentina brisa de aire otoñal, los árboles ya enrojecidos cobijaban a miles de aves migratorias que creaban una profusa algarabía de aleteos y cantos.

Andzie y Adam caminaban por un mullido suelo de hojas que habían formado una alfombra natural sobre la hierba.

—Me gusta mucho como suena tu violín.

—¿Te gusta cómo suena? ¿Crees que lo hace por sí solo? —Andzie estaba insinuando que el verdadero artífice del prodigio era ella, que no había una mano mágica o milagrosa que hiciera sonar caprichosamente aquel instrumento. Adam sabía que aquella suspicacia no era nada más que un juego infantil, pero a pesar de que ambos solo tenían doce y trece años respectivamente, la frase ponía a prueba su ingenio…

—No. Por supuesto que detrás de ese hermoso instrumento están tus manos. Lo que quiero decir es que la manera en que lo acaricias o la forma en que demuestras constantemente que estás siempre dispuesta a hacer sacrificios y dedicarle mucho tiempo, es porque amas la música y esto para mí resulta muy inspirador. Cuando me siento muy cansado o Grezgorz insiste en que repita una y otra vez la misma partitura, pienso en ti y eso me reconforta, me ayuda a continuar.

La tarde brillaba en los ojos de Andzie como el agua del rocío en las telarañas de un bosque antiguo, ella se había ruborizado y desistido en su juego de palabras, declinó la mirada y se puso de puntillas sobre los labios de Adam, sobre su aliento de niño agotado. Él la sostuvo rodeándola por la cintura, sus ojos nunca habían estado tan cerca, era como si uno pudiera mirar en el interior del otro, sin miedo ni secretos.

—Tienes que continuar ensayando, —le dijo finalmente—. —La música es muy importante, sin ella, yo no podría vivir. —Andzie estaba pensando en sus primeros recuerdos con el violín, en su abuela que era superviviente de los campos de exterminio, en el propio sonido de la naturaleza, en como el simple gorgoteo del agua era como una alegre y contagiosa sonrisa o cómo el viento ululaba entre los recovecos de las piedras y evocaba en ella un miedo ancestral e injustificado que finalmente le ayudaría a cobrar determinación y a formar su carácter.

—Me esforzaré al máximo, pero ahora ya tenemos que regresar, —respondió Adam con la mejor de sus sonrisas.

Ella le dio su mano. El se mantuvo muy callado, no quería que nada estropeara esa primera vez.

by Manuel Julián

“MAÑANAS QUE SE PARECEN” Fragmento

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