“Prisionero de la suavidad de su piel, Adam no necesitaba la luz para ver el camino. Sus besos eran como palabras escritas en una hoja de libreta infantil: antiguas, sencillas y necesarias. Y Londres tenía todo lo que una pareja enamorada podía necesitar, incluso la lluvia como pretexto para permanecer más tiempo entre las sábanas.

Hay amores primeros y hay amores únicos. El suyo era de ambos”.

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“No era eso que algunos llaman desamor, porque él no había dejado de amarla, ni tampoco desengaño, porque prefería vivir engañado mientras pudiera estar cerca de ella. No pensaba en sus derechos ni en su dignidad, solo en su vida después de ella, y no podía borrar de un solo trazo todo lo que había sido su infancia, adolescencia y la parte más convulsa y febril de su reciente existencia.  Los sueños se van, los miedos se quedan. A no saber cómo continuar, sin ella. A enfrentarse cada día a su ausencia”.

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“Hacía tanto tiempo que no lloraba así, que esta fue su ocasión. No lloró cuando murió su padre, ni cuando se despidió de sus hermanos. No lo hizo cuando se supo vivo después de un trágico accidente. Pero hoy sí, porque cuando llegan las lágrimas, nunca regresan por un solo motivo”.

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“Él quería una vida con ropa de algodón y pies descalzos en la playa, de niños correteando por la arena. Una vida de frascos de cristal llenos de conchas y tardes de sábado con mantas, cojines y palomitas ante el televisor.

Quería una vida sencilla, una a su lado”.

Página 49

“No se sentía especialmente orgulloso de lo que hizo, entonces era más joven, más temperamental. Todo dolía con mayor intensidad, la angustiosa tristeza de la pérdida. La incomprensión e injusticia de la propia vida. Esas cosas que podían arrastrarle a una despiadada apatía capaz de cauterizar todas las buenas intenciones. Los errores de los demás no justifican los nuestros, por ello él se había dedicado durante todo este tempo a cometer los suyos propios”.

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