Un niño corría todo lo que sus enclenques piernas le permitían, le perseguían otros tres. El mayor de ellos tenía una navaja que su padre no había echado de menos. El pequeño Adam cruzó la calle sin ni siquiera mirar, afortunadamente, en ese momento no pasaba ningún vehículo.

El delito de Adam era acertar en las respuestas y parecer el preferido de la profesora. De todos sus hermanos, él era el único que había heredado la dulzura en el rostro de su madre, el mismo color de pelo. Sus hermanos le detestaban y en el colegio no le iba mejor.

Los padres nunca le llevaban ni recogían del colegio, habían declinado esta tarea en sus hermanos mayores, pero estos actuaban como si no le conocieran, para ellos era un despreciable gusano afeminado.

Adam resbaló cerca de una verja y un perro asustado le arrancó la mochila de un bocado, se levantó como pudo, le sangraba la rodilla y a pesar de ello continuó ya exhausto hasta llegar al mercado. Había mucha gente, era un día soleado con muchas novedades interesantes y antes de que los otros chicos llegaran pudo ocultarse bajo los faldones de una mesa con Oscypek, el queso de las montañas.

Esperó allí debajo más de media hora, a través de la tela vio pasar a sus perseguidores, sin embargo nadie notó su presencia y durante todo ese tiempo estuvo pensando cómo justificaría la pérdida de su mochila, cómo podría explicarlo sin empeorar las cosas.

Llegó a casa tarde y en un estado deplorable. Su padre hizo lo mismo que había hecho anteriormente su padre con él, blandir su correa sobre las nalgas del niño. Un lenguaje primigenio y visceral que a su manera de ver era mucho más eficaz que las palabras.

Adam no pudo dormir en toda la noche, su vida era un desastre, sus hermanos se rieron de sus lágrimas, para ellos el enano era demasiado sensible.

Al día siguiente regresó a sus pesadillas, la hora del patio en la que prefería quedarse en clase dibujando y las carreras por llegar a casa antes de ser capturado por una manada feroz de cachorros de lobo.

Para él lo peor no era lo que le pasaba, sino que no le importaba a nadie.

 

MAÑANAS QUE SE PARECEN

Fragmento

by Manuel Julián

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