Una fría tarde en la que el cielo de Varsovia tenía el color gris de un uniforme de fontanero, Adam se dirigía a Pracownia, la tienda de instrumentos musicales donde siempre afinaba y limpiaba a fondo su oboe. Era uno de esos establecimientos con luz cálida, casi amarilla, mostradores de madera noble y antigua y vitrinas de cristal que protegían del polvo los instrumentos musicales. Casi siempre olía a infusiones de poleo con menta, su propietario, un artesano que ya había sobrepasado la edad de la jubilación, nunca tomaba té ni café, tenía un sueño frágil. Adam siempre disfrutaba de esa pequeña visita en la que compartía su pasión por la música delante de una taza caliente. Era un tiempo tan agradable y reconfortante, que pasaba volando.

Después de recorrer con su estuche el bulevar de la calle Grójecka se topó con los grandes y cuadrados ventanales del café Starbucks. La luz eléctrica de la cafetería contrastaba con la densa oscuridad del atardecer.

Cuando el semáforo le obligó a detenerse, Adam se arropó el cuello con las solapas de su viejo abrigo overcoat y esperó en el borde de la acera. Estaba allí, rodeado de extraños mientras caían las primeras gotas de una fina aguanieve. Él aún no lo sabía, pero ese aleatorio momento en que aguardaba bajo la lluvia se convertiría en un antes y un después durante el resto de su vida.

Los vehículos salpicaban de agua sucia sus zapatos, mientras que al otro lado de la calle, en el café, Andzélika, Andzie,  sonreía dichosa al recibir el intenso beso de Blazer. Paul Blazer era un inglés arrogante y engreído que se había enamorado de su habilidad para hacer «hablar» al piano. Adam nunca sintió demasiada simpatía por ese individuo que peinaba su melena rubia con los dedos, era una especie de aversión que ya arrastraba desde antes y sin embargo hoy le sobraban motivos.

Adam era una persona tranquila, de costumbres sencillas, la música, Andzie, paseos hasta las librerías; ella le había contagiado con su amor por los libros. Entró en la cafetería sumido en una profunda tristeza que a su vez le incendiaba de rabia y desesperación. Su tendencia natural nunca fue agredir al pianista, pero una fuerza descontrolada en el epicentro de algo parecido a un huracán sin sentido le estaba empujando hasta allí.

Andzie volvió a sonreír a Blazer y regresó a sus cálidos labios con sabor a café de Ecuador. «¿Qué podía atraerle de aquel tipo narcisista que apestaba a colonia de supermercado? ¿En qué momento había comenzado a perderla? ¿Por qué no se había dado cuenta antes, cómo podía estar tan ciego?»

Andzie se iba con el pianista inglés y Adam intentó enfrentarse a él una tarde, en un café de Varsovia con una silla. Con una silla como lo haría un domador de leones. El pianista, que era un adicto al gimnasio,  le dejó muy afectado contra el office de los platos y Wróbel, sangrante y humillado, intentó recuperarse. Las peores heridas, esa tarde fueron las que no sangraron.

—Hijo, es mejor que ahueques el ala.     

—Le aconsejó un cliente, un abuelo de casi noventa años.

—¡Levántate imbécil! ¡Mamarracho!         

—Eran palabras que Blazer le arrojaba como piedras incendiarias sin apenas haber sudado.

Wróbel se levantó.

 

MAÑANAS QUE SE PARECEN

Fragmento

by Manuel Julián

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