La proa de un barco surcando el oleaje de un mar embravecido evoca la continua lucha del hombre por hacer frente a sus errores y superar sus miedos. El intenso azul se funde en un océano de silencios y heridas que solo podemos curar nosotros mismos.

    El mar no acepta mentiras, no podemos engañarle, el agua refleja una copia fiel de nosotros mismos, es un abismo colosal y oscuro, un enorme ángulo muerto que se ha nutrido con todas las palabras que no dijimos. Frases de agradecimiento, de caricias y besos desperdiciados en el aire.

      Mientras la espuma salpica de sal una cubierta que el sol ya había curtido, sentimos que aunque ya nos encontramos a la mitad de nuestra vida, todavía nos queda tiempo.

        El agua forma una uve sobre la quilla de proa partiendo en dos una gruesa línea de agua que se cierra inmediatamente a nuestro paso. Si nosotros pudiéramos cicatrizar con la misma rapidez nuestra angustia, nos pareceríamos al agua.

      El barco navega en la confianza de que el mar le sostendrá, deslizándose sobre su agitada agua sin importarle cual fue o será el peso que le oprima.
Las gaviotas planean sobre el viento esperando su oportunidad mientras nos alejamos de una tierra de libros y canciones de amor que nos habían llenado de esperanza.

MAÑANAS QUE SE PARECEN

Fragmento

by Manuel Julián

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