Cuento para Renato. 11 años.

 

 

1

Observatorio espacial

En el pueblo de Joan, las noches eran frías y estrelladas, pero hoy el cielo se había nublado. Joan subió al desván, donde tenía instalado el telescopio que le había regalado su abuelo e intentaba una y otra vez ajustar la lente para observar la Luna de cerca, pero unas densas nubes la habían ocultado y casi no se veía nada. En ese momento su madre le llamó por el interfono:
—Hola. Aquí la Tierra. Mensaje para el astronauta Joan: ¡baja a cenar, que se está enfriando la comida!
—De acuerdo Huston. Desciendo enseguida.—Respondía Joan, pero ese “enseguida” siempre se alargaba otros cinco minutos.
Joan vivía en Graus, un pueblo cerca de Huesca, en una casita de dos plantas y una buhardilla que era su centro de mando interplanetario, una especie de observatorio espacial. En las paredes había posters de las galaxias y de la vía láctea con casi todos los planetas. Su padre trabajaba en una planta petrolífera en el Atlántico y pasaba seis meses en el mar, descansaba un par de semanas y regresaba de nuevo. No lo veía mucho, pero Joan, al menos tenía sus películas de extraterrestres, guerras galácticas, naves espaciales de juguete y un montón de muñecos, libros, comics y objetos futuristas. Su padre le había comprado una miniatura original de Chewbacca que podía gruñir, pero le echaba de menos. Su mejor recuerdo con su padre fue cuando visitaron el Planetario del Museo de la Ciencia. Ese día inolvidable fue el que despertó en Joan su amor por la astronomía y los planetas. Había logrado aprenderse el nombre de muchos de ellos como: Júpiter, Marte o Urano, pero su preferido seguía siendo la Luna. La misma que también veía su padre desde la oxidada planta petrolífera.

Reunidos ya ante la cena estaban su madre Sofía, su hermana pequeña Martina, el abuelo Jaume y en su manta de cuadros Julen, un perro labrador de color canela.
Hoy Sofía había cocinado uno de sus platos favoritos, huevos fritos con salchichas, patatas y mucho tomate. Julen estaba atento, esperando que el abuelo le obsequiara con un jugoso bocado.

 

 

2

Visita a la cabaña

 

Por la mañana, una fina lluvia había rociado los valles del Ésera e Isábena arrastrando la fragancia de la hierba mojada.
Joan pedaleaba en su bicicleta de camino al colegio. En su mochila, su madre había cosido el anagrama de la agencia espacial NASA, a Joan le atraía mucho ese tipo de letra. Estaba a punto de pasar a sesto grado de primaria, aunque con casi once años, no era precisamente el más alto de su clase. Hoy sin embargo le esperaba una buena mañana porque, los días de lluvia en que no podían salir al patio se convertían en días de cine y hoy tocaba una película que ya había visto una docena de veces: “Guardianes de la galaxia”. Le encantaba esta película y a su amigo Santi también. Después del colegio se podrían pasar toda la tarde hablando de los “Guardianes” en su buhardilla.
Santi era el más pequeño de cuatro hermanos y el más listo. Lo que más le gustaba a Santi era pasear con su amigo Joan en bicicleta y descubrir lugares nuevos e interesantes.
—Pues a mí me gusta mucho el guerrero que parece un mapache y que se llama Rocket. —Decía Santi mientras mordisqueaba sus golosinas de goma.
—Sí, a mí en cambio me hace mucha gracia el que parece un árbol y que solo sabe decir: “Yo soy Groot”—Respondió Joan.
—Dicen que esta noche hay lluvia de estrellas, ¿podrás ver algo desde tu telescopio?
—Eso espero, aunque ayer estaba muy nublado. De todas formas estaré aquí un buen rato. Como mañana es sábado y no habrá colegio…
—Si no llueve, podríamos ir hasta la cabaña.
La cabaña, en realidad era un refugio abandonado por los pastores en mitad del bosque, muy cerca del río. Desde allí se podía ver las cimas de Monte Perdido y aunque estaba muy deteriorado por la intemperie, todavía conservaba el tejado. Ese era su lugar secreto, justo en medio de la nada.
A los chicos les encantaba pedalear hasta allí y disfrutar del contacto con la naturaleza, perseguir una manada de jabalís o afinar la puntería lanzando unas piedras contra unas latas. Siempre les acompañaba Julen, el perro no se perdía ninguna de sus aventuras…, en estas incursiones, jamás se llevaban a Martina, que se quedaba con sus muñecas o ayudando a su madre en el supermercado. Siempre le decía: -No puedes venir a la montaña con tu bicicleta de plástico, además es peligroso…
Y ella siempre respondía: —Pues se lo diré a mamá….
A Sofía no le parecía prudente que los chicos fueran tan lejos y muchas veces no autorizaba la excursión.
Pero bueno, hoy era viernes, y como siempre decía el abuelo: “mañana será otro día”.
—¿Crees que existen los extraterrestres? —Preguntó Santi improvisadamente.
—¿Por qué lo dices?
—No sé. Mi tío dice que hay seres más inteligentes que nosotros en otros planetas, pero que todavía no se ha producido lo que el llama “el contacto”. Tú tienes que saberlo.
—¡Yo!, ¿por qué?
—Bueno, tú estas todo el tiempo mirando por tu telescopio y leyendo libros de astronomía, he pensado que habrías averiguado algo.
—Es cierto que me gusta observar las estrellas y las películas sobre extraterrestres, pero eso no significa nada. Antes se hablaba de los marcianos, pero ya han estado allí y no han encontrado nada, solo arcilla roja, y tormentas de arena.
—Y ¿los hombrecillos verdes?
—Otra leyenda urbana. Nadie los ha visto. Ni a los Ovnis, ni a los Aliens, ni a los Jedis, son solo personajes para las películas como las que tanto nos gustan, pero la verdad es que aquí, en Graus, nunca pasa nada.
Los chicos acudieron a tiempo para la merienda.
Había sido un buen día, en el colegio, en casa, con su amigo Santi y si todo salía bien el siguiente sería mejor porque irían hasta la cabaña del río. Pero esta noche todavía quedaba otra oportunidad para ver de nuevo la luna y además esa noche habría lluvia de estrellas.

 

3

Lluvia de estrellas

 

La noche se había vestido de una espesa oscuridad azul, casi negra en la que las estrellas centelleaban como joyas sobre el terciopelo. Joan había prometido a su madre que no se iría a dormir tarde, pero ahora estaba viviendo su momento.
La luna se encontraba en cuarto creciente y la imagen era nítida. Joan tenía un adaptador para hacer fotografías que le enviaba a su padre por correo electrónico y así mantenían el contacto cada noche.
Observar las estrellas era como ir a pescar con caña, ambas actividades precisaban de una gran paciencia. Una lección sobre saber esperar.
Ya era más de media noche y Joan había realizado cinco fotografías que inmediatamente quedaban guardas en su Mac Air, un ordenador portátil que le había cedido su padre para sus tareas escolares y afición a la fotografía. En una de las imágenes Joan había captado una estrella fugaz que rasgaba el cielo nocturno. Era una buena foto que de inmediato envió a su padre. En el mensaje había escrito: “Ya he pedido un deseo. Sé que si lo dices en voz alta, no se cumple, pero me gustaría que volvieras pronto. Seguramente que ahora estás trabajando o durmiendo. Dime algo cuando lo leas, papa.
Santi y yo iremos mañana hasta la cabaña. Ya te contaré cómo nos ha ido”.
Joan estaba a punto de apagar el ordenador cuando un resplandor proyectó su luz sobre la pared de la buhardilla. Se giró y lo vio a simple vista: una gran bola de fuego surcando la oscuridad. No se parecía a la fotografía de hace unos momentos. El objeto incandescente cayó por fin al suelo provocando un pequeño temblor en la lejanía y una nube de polvo y ceniza.
La máquina de fotografiar lo captó segundos antes de impactar contra el suelo. Joan habría cogido la bicicleta y su mochila y habría acudido hasta el lugar en que había caído el objeto, pero ya era muy tarde. Mucho más tarde de lo que le había prometido a su madre.
Se arropó en la cama con su edredón bordado de cohetes y estrellas y tardó un buen rato en poderse dormir.

 

4

Un extraño objeto

 

Al día siguiente, el jefe de policía Manuel Francho recibía una llamada de Chesús, un ganadero que tenía más de cien vacas. Algo había pasado esa mañana, ninguna de sus vacas habían dado leche. Y los cerdos de su vecino no querían comer. Cuando algo así sucedía, era mejor poner en alerta a protección civil, porque se acercaba una fuerte tormenta. Sin embargo el pronóstico del tiempo decía que habría cielo despejado y ninguna amenaza de lluvia. Después, Chabier, el alcalde también había llamado por que un ligero temblor nocturno no había dejado dormir a su esposa Astazu, que estaba en su octavo mes de embarazo.
Joan había enviado la foto a su padre, pero este, aún no se había conectado a Internet. Comió unas tostadas con mantequilla y mermelada, un gran vaso de leche y salió de estampida con su perro y su bicicleta. Solo eran las ocho de la mañana y Santi pedaleaba animadamente junto a Joan de camino al lugar donde calculaba que habría caído el objeto, quizá un meteorito. Llevaba agua, unos sándwiches y su cámara de fotos.
—Pues yo no he notado nada. —Decía Santi. Al parecer había dormido como un Lirón toda la noche.
Después de pedalear más de media hora llegaron hasta Panillo y continuaron por el camino hasta el barranco de Los Chopos. El fondo estaba oscuro pero todavía humeaba desde la noche anterior. No había nadie más en aquel paraje a parte de los chicos, el sol comenzaba a ocultarse tras unas nubes que eran como almohadas de plumas. Santi y Joan continuaban pegados al borde de aquella cornisa de piedra y tierra cuando percibieron que alguien más estaba allí, asomándose con ellos, era otro niño, más o menos de su edad. Al principio se sobresaltaron, pero el niño mostraba una amigable sonrisa.
—Y tú ¿quién eres, de dónde has salido?
—El jovencito comenzó a hablar animadamente en un idioma que no podían entender.
—¿Qué es lo que ha dicho? -preguntó Santi.
—No tengo ni idea, es un idioma raro, ni siquiera se parece al Grausino. (El Grausino es un antiguo dialecto que se habla en Graus)
Como el visitante comprendió que no podían entenderle, ajustó un pequeño brazalete con botones de colores. El resultado fue que ahora hablaba chino mandarín.

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