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Ninfas y campos dorados

 

 

 

Varsovia. Invierno de 2014

 

 

 

                                   

                                 Adam no estaba muy seguro de lo que había pasado, de lo que había hecho. Miró las sábanas manchadas de sangre que a lo largo de todo ese día habían sido de un color blanquecino y aséptico, pero que ahora tenían el aspecto de una gasa de carnicero. El pecho le oprimía con una angustia oscura e infinita, pensó en todos los errores que había cometido, cada una de las equivocaciones que le habían conducido hasta ese momento, y no se sintió cómodo con las respuestas.

El frío que empañaba el cristal de las ventanas contrastaba con el ambiente tibio y estéril de aquella habitación de hospital. Una atmósfera densa que apestaba a lejía, alcohol sanitario y a muerte.

Él era una persona pacífica que se dedicaba a la música y que jamás había disparado a nadie, por eso sufría de ese repentino ardor de estómago, de náuseas que contuvo con todas sus fuerzas quemándole la garganta. Una pesadilla que no desaparecería cerrando los ojos, porque era real, y él era su protagonista.

En los ciento veinte años de historia del Centro Hospitalario Wolski, nunca había sucedido algo así y esto lo empeoraba todo. Si se entregaba, tendría que alegar que fue en defensa propia, y después habría una investigación, aunque en ese momento carecía de importancia porque todo lo que había roto era ya irreparable.

Observaba con asombro el arma humeante en su propia mano sin poder reconocerse en lo que había hecho, era una indescriptible irrealidad que él mismo había interpretado. El silenciador redujo el sonido del disparo a un chasquido metálico, aunque el personal sanitario no tardaría mucho en advertir la gravedad de lo sucedido. Bajó por las escaleras de servicio, las piernas le tambaleaban y respiraba jadeando como un perro bajo la lluvia. Atravesó un corredor de suelo pulido y angosto, después se adentró en una zona restringida poco iluminada y llegó por fin al pasillo de urgencias. Antes de salir al exterior arrojó el arma en un contenedor de residuos y aminoró el paso para no llamar la atención.

Detrás de todo lo que hacemos queda siempre un rastro, son como las cenizas después de un incendio. Odiaba amarle tanto, cada minuto de su ausencia, el miedo a la pérdida, a sus consecuencias, la carencia de sus besos, el silencio de su voz sepultada por la inmensidad del cielo nocturno y la inercia de los días. Un juego tortuoso de palabras que su mente trituraba como una destructora de papel, naufragando en una rutina absurda de platos sin recoger, comida caducada, botellas vacías, ropa en desorden y correspondencia amontonada tras la puerta.

La vida, como si se tratara de un cruel capricho de la naturaleza, le había despojado del origen y sentido de las cosas, del futuro que había ansiado como un preciado tesoro desde su infancia y no era sencillo admitir que en realidad la culpa era suya, lo podía ver cada día reflejado en sus ojos, delante de un espejo que no mentía. Debía iniciar un proceso de reconstrucción que comenzaría por afrontar los hechos, por recoger los restos aún intactos, cambiar sus rutinas, quemar las fotografías y alejarse.

Sabía lo que debía hacer, lo difícil era encontrar el valor para hacerlo, dejar de refugiarse tras una nube de excusas y afrontar la realidad. Su mente le decía que debía preparar algo de equipaje y desaparecer, su corazón le empujaba a quedarse, con todas sus consecuencias. No siempre es fácil reconocernos en lo que hacemos, de mirarnos de nuevo y alentar un frágil atisbo de cordura. De abrigar la tenue llama de la esperanza donde todo parece yermo y desolado. Aunque seguramente esas son las primeras hebras de un tejido llamado supervivencia.