Amor que te aprietas y encojes

en el volátil rincón.

Indeciso colegial que manchó los libros

con tu nombre descorazonado.

 

Quiero llevar una flor tejida

de esperanzas y desolados llantos

al altar de esos ojos que ya no me miran.

 

Amor que te acabas

sin poder hoy apoyar el rostro

sobre los pupitres, ni sobre tu pecho.

Sintiendo el mismo compás de mis silencios

y tu respiración.

 

Amor que te fuiste precipitado,

creías que aquí no habías dejado nada,

te llevaste mi vida.

Y de esta materia abandonada

que tan pronto olvidaste,

de estas manos sin movimiento,

he reconstruido,

de la oscura voz del desaliento

el largo y tempestuoso temblor

de amar también tu olvido.

 

 Manuel Julián

 «Excavación de una mirada»    29 abril 1985

 

Podría parecer un título extraño, pero no lo era entonces. La vida en ocasiones ni siquiera dedica algo de tiempo a mirarte y como un arqueólogo que busca el gran hallazgo, nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia buscando esa recompensa a nuestros anhelos y esperanzas, una mirada.

La mirada de la vida convierte cualquier momento en una sonrisa, pero también evoca los ansiados ojos de la persona amada.

Ese es, o podría ser un instante imperecedero de electrizante complicidad. De saber sin decir, de reconocer en los gestos lo que las palabras aún no han pronunciado.

 “Excavación de una mirada” es un antes de la poesía, un reflejo cristalino sobre el papel de los sueños, el sonido de la escritura flotando en una nube de frases y esperanzas.

Excavar siempre entraña el esfuerzo de no conformarse con simplemente arañar la superficie, porque todos somos una insondable incógnita a la espera de ser descubierta.

La poesía es el vínculo para derramar sobre el papel lo que sentimos al recibir la mirada de la vida, la mirada del amor.

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